Uniformidad de la legión Española

La Uniformidad de la Legión

Millán Astray, excelente psicólogo, se preocupó desde un principio de dotar a sus legionarios de un uniforme marcial, atractivo y cómodo al mismo tiempo. Ya se anunciaba en el primer cartel de enganche: “El uniforme es vistoso”.

Una O.C. de fecha 4 de septiembre de 1920 establecía las prendas que habían de componer el uniforme de los legionarios. En ellas se especificaba:… “tenderá principalmente a ser práctico, cómodo, vistoso y económico”. He aquí la relación de prendas que habían de componerlo según esta O.C.:

– Como prenda de cabeza, gorro y teresiana, quedando autorizados para ensayar el sombrero de paja en verano.
– La guerrera será de color Caqui verdoso, con cuello vuelto y bolsillos.
– El pantalón del mismo color y de forma breeche.
– Las polainas, de vendas, del mismo color que el traje.
– Los zapatos, color avellana, empleando dos tipos, uno para campo y otro para cuartel o campamento.
– El correaje, morral, bolsa de costado, etc., serán de los modelos usados por la Infantería.
– La prenda de abrigo será el capote-manta.
– El jefe de cuerpo, oyendo a la junta económica propondrá el uniforme que proceda a adaptarse como definitivo.
– Los jefes y oficiales destinados en el Tercio, usarán el de este Cuerpo.

Sobre estas prendas propuestas como reglamentarias, la práctica y un cuidadoso estudio, introducen algunos cambios que completarán la airosa silueta del Legionario. Así el sombrero de paja es sustituido por el de lona pespunteada, mucho más práctico, cómodo y duradero. La bota alpargata, tomada de los Regulares, se hace de uso general y desplaza a la sandalia, propuesta por el Fundador como “calzado de descanso”. Para las primeras campañas se adopta el correaje inglés de lona, tipo “Mills”, que tan excelentes resultados había dado en la gran Guerra Europea; y, sobre todo, se da entrada a la inmortal camisa legionaria que fue introducida a propuesta del Comandante D. Adolfo Vara del Rey, camisa de tipo deportivo abierta sólo hasta la mitad del pecho y con cuello abierto, cuello que la práctica legionaria hace llevar vuelto por encima de la guerrera, resolviendo así dos problemas: el de la comodidad y el de la limpieza. Otra prenda legionaria por excelencia la ha de constituir el gorrillo de borlita, llamado también “isabelino” por recordar el antiguo gorro de cuartel de las tropas de Isabel II; el Fundador decía de él: “es el clásico y castizo que usaron los militares españoles luengos años. Tiene un especial atractivo, es gracioso, airoso y muy marcial. Es, desde luego, infinitamente más estético que los bonetes circulares”.

En las campañas de 1921 a 1925 el legionario consolida su silueta y así ha de permanecer hasta 1938, año en que se adopta el pantalón bombacho; hasta nuestra época poco ha variado su fisonomía; el sombrero alterna con el gorrillo, las vendas con la pernera abotonada; la guerrera con la camisa. Hacia 1927 se introduce el correaje de cuero, de idéntica forma al de lona, y la cartera-mochila; ambas prendas cambian su color al negro, así como el calzado, con las reformas del 38. El gorrillo se adorna con el emblema legionario en las clases y tropa, y, poco después de concluir la guerra, se adopta el barboquejo en el gorrillo, este barboquejo parece que fue introducido por las unidades motorizadas de La Legión (para evitar que se les volase) y posteriormente adoptado por el resto del Cuerpo, siempre atento a introducir modificaciones que configuren “spirit de corps” de tropa de élite.

En 1938 debió darse un reglamento de uniformidad para La Legión, ya que en la Subinspección del Cuerpo existe una colección de fotografías que representan a un legionario, de frente y de espaldas, vestido con una serie de prendas diferentes.

En el detallado reglamento de uniformidad para el Ejército publicado en Enero de 1943 se especifica solamente, refiriéndose a La Legión, que: “la única prenda especial usada por los Jefes, Oficiales y suboficiales de estas tropas es la “teresiana” y, más adelante,

añade que el uniforme de las clases de tropa será igual al de las tropas a pie. Según esto hay que pensar que en la mente del legislador estaba el equiparar el uniforme legionario al del resto de la Infantería, probablemente por razones económicas, dado la penuria de medios de la época, no figurando en el citado reglamento ni siquiera el gorrillo. De cualquier forma esto sólo debió de cumplirse en parte, pues La Legión volvió a sus prendas de color verde e, incluso, introdujo algunas nuevas, como el uniforme de loneta verde claro para los oficiales y el mono de instrucción de color parecido para la tropa. Pero ciertamente durante algunos años (1943-44) los oficiales llevaron el uniforme caqui con el cuello cerrado y los capotes fueron todos de este color, tanto en la oficialidad como en la tropa.

Es durante las décadas de los años 40 y 50 cuando el uniforme legionario adquiere su mayor vistosidad y elegancia: gorrillo con barboquejo; bota alta flexible con espuelas y guardapolvo; largas guerreras de colores claros; anchos cintos de cuero negro con hebillas de emblemas calados; galletas de variados y vistosos colores; galas de gastadores, cornetas y tambores, etc.

Un inciso interesante es la aclaración del uso del emblema legionario sobre el uniforme de paseo, adicionado con las barras de permanencia en el Cuerpo.

Esto fue regulado por O.C. de 26 de noviembre de 1923. Para Jefes y Oficiales el emblema habría de ir bordado en hilo de oro en el centro del bolsillo derecho de la guerrera, y, bajo aquél, podían llevar una barra roja por cada año completo de servicio en La Legión; por cada 5 años se sustituirían otras tantas barras rojas por una dorada (las barras rojas son de 2 mm. y las doradas de 5 mm.) colocadas en el lugar de la primera. Poco después se aprobaría el uso de este distintivo para las clases y tropa, pero en vez de ir bordado en hilo de oro tendría que ir en sus colores naturales, y las barras por cada 5 años habrían de ser amarillas.

Como condiciones indispensables para poder lucir este distintivo de antigüedad, era necesario:

– Un año de permanencia y 20 hechos de armas.
– Dos años de permanencia y 10 hechos de armas.
– Ser herido, quedando inútil o inválido.
– Un año de permanencia y herido en un hecho de armas.
– Ser herido en dos hechos de armas.

De esto se desprende que sólo podían llevar este distintivo los que habían tomado parte activa en los combates.

Las campañas de Ifni-Sahara y la guarnición de aquellos territorios imponen la adopción de nuevas prendas, tomando algunas de ellas gran arraigo. Se adopta la gorra de visera para campaña, con la adición de la siroquera; se vuelve a las sandalias (“nailas”); se introduce la bota “chiruca” de lona con suela de goma en sustitución de la bota-alpargata; se adopta el traje de campaña mimetizado; el rombo porta-emblemas (“pepito”), etc.

Los diferentes cambios de uniformidad sobrevenidos en el Ejército afectan también a La Legión, pero siempre con algo de retraso, por estar el legionario muy apegado a sus viejas prendas de uniforme. Así en 1952 quedó autorizado el uso del pantalón largo para paseo; en 1958 se suprimió la bota alta, el calzón breeche y el ceñidor de cuero, aunque La Legión continúa con ellas hasta 1966. En 1955 el largo capote “de montar” es sustituido por otro más corto y con solapas y, para la tropa, el tabardo sustituye al capote.

El uniforme de campaña, adoptado por las tropas paracaidistas en 1955, (camisola y pantalón) es copiado por La Legión, y aunque en 1968 se declara reglamentario para el Ejército, La Legión venía usándolo desde 1966.

La década de los ochenta es un época de grandes cambios en la uniformidad del Ejército Español. En mayo de 1886 se dicta una orden general para el Ejército de Tierra que modifica substancialmente los uniformes existentes; un gran número de reformas son introducidas. Todas estas reformas, adaptadas a La Legión, son recogidas en una orden de abril de 1987, por ella se modificaban los uniformes de gala y paseo. Las divisas desaparecen de la prenda de cabeza sea teresiana, gorrillo o boina; en la guerrera las divisas dejan de llevarse en las bocamangas y pasan a ser llevadas en las hombreras; de estas desaparece el emblema legionario; en la camisa se llevan hombreras del color del uniforme (verde legionario) excepto los componentes de la BOEL que las llevan de color verde de las C.O.E.; en el cuello-solapa de la camisa se lleva, en metálico, el emblema legionario; aunque se conservan los escudos de brazo (distintivo de destino en Tercio) estos son modificados, así como los distintivos de destino en Bandera o Unidad (los llamados “pepitos”). Todas estos cambios han de ser observados a partir del 30 de junio de 1988.

En noviembre de 1991 se adopta un cinto para gala; este ha de ser dorado con vivos encarnados para jefes y oficiales y de charol negro para suboficiales y tropa; en las chapas de una y otra ha de figurar el emblema del Ejército de Tierra.

El 7 de febrero de 1994 se publicó una nueva Instrucción General que regula específicamente los uniformes legionarios. En esta normativa se agrupan los uniformes en dos tipos: De Representación y Funcionales.

En los primeros (gala, paseo, etc.) se da cabida a peculiaridades del uniforme legionario tradicional, respetando prendas y colores propios de este Cuerpo. En los segundos (uniformidad principalmente de campaña) se procura una asimilación al resto del Ejército, de forma que, en caso de guerra, el enemigo no disponga de datos para la identificación de las unidades, y, a la vez, que nuestros uniformes sean lo más parecidos posible a los del resto de los países de la OTAN.

En la citada Instrucción General se agrupan los uniformes en diversos capítulos o clases: Gala para paseo (incluyendo los de Actos de Especial Relevancia); Diario en formación; Gala en formación; Campaña y Trabajo.

Bajo ese título han agrupado un ambicioso grupo de apartados que abarcan desde la uniformidad hasta el cancionero legionario pasando sus guiones y banderines, el Sábado Legionario, y otros muchos contenidos que le invitamos a descubrir.

Del libro “La Legión, 75 años de uniformes legionarios” de José María Bueno

 

2 Comentarios

  1. Adrián

    | Responder

    Nunca van a publicar esto, y lo sé, pero decir que Millán Astray (“muerte a la inteligencia”, recuerden) fue un “excelente psicólogo” es lo mismo que decir que Pablo Iglesias es un gran político. Un sinsentido absoluto!

    • Rodrigo

      | Responder

      Estimado Adrián, las frases sacadas de contexto tienden a magnificarse en su sentido más simple y superficial. Esa “inteligencia”, en el momento de pronunciarse hacía referencia a algo muy específico y muy próximo al populismo barato que, precisamente, citas indirectamente.
      Por otro lado, quien es capaz de que sus hombres le sigan en combate -con todo lo que eso implica y que sólo quienes lo han vivido de verdad conocen- tiene, por necesidad, que conocer la psicología de sus hombres. Y en esto no me remito a los dichos, sino a los hechos de Millán Astray.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *